El asado se aleja de la mesa de los argentinos

Desde la Cámara Argentina de Matarifes y Abastecedores advirtieron que la caída del poder adquisitivo redujo el consumo de carne vacuna, afectó la actividad de frigoríficos y carnicerías y profundizó la crisis de toda la cadena cárnica

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La histórica relación de los argentinos con la carne vacuna atraviesa uno de sus momentos más críticos. El consumo cayó a niveles que hace algunos años parecían impensados y, detrás de esa estadística, se esconde una realidad marcada por la pérdida del poder de compra, el aumento del costo de vida y una industria que comienza a sentir con fuerza las consecuencias de la recesión.

Así lo expresó Ariel Morales Antón, presidente de la Cámara Argentina de Matarifes y Abastecedores (CAMYA), quien describió un panorama "muy complicado" para toda la cadena cárnica y cuestionó la falta de respuestas frente al deterioro del mercado interno.

Morales Antón sostuvo que el consumo de carne vacuna cayó desde los cerca de 68 kilos por habitante por año registrados décadas atrás hasta los 43 o 47 kilos actuales, según las distintas mediciones del sector. Si bien Argentina continúa siendo uno de los países con mayor consumo de carne del mundo, advirtió que esa cifra ya no refleja una fortaleza, sino el impacto de una profunda crisis económica.


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"La realidad es que hoy muchos argentinos ya no pueden poner carne todos los días sobre la mesa. El poder adquisitivo está muy deteriorado y la gente compra lo que puede comer", resumió durante una entrevista concedida al programa Raíz Informativa, que conduce el periodista Pedro Caram.


La crisis golpea desde el bolsillo

Para el dirigente, el principal motivo de la caída del consumo es el fuerte deterioro de los ingresos de la población. Explicó que la carne dejó de ser un alimento cotidiano para amplios sectores sociales y comenzó a ser reemplazada por opciones más económicas como el pollo y el cerdo, cuyos sistemas productivos permiten costos considerablemente menores.

"El pollo y el cerdo cuestan prácticamente la mitad que la carne vacuna. La gente no cambia por gusto, cambia porque no llega", afirmó. Según explicó, la diferencia no responde a una especulación comercial sino al propio ciclo productivo: mientras una vaca produce un solo ternero al año, un pollo alcanza el peso de faena en apenas 48 días, generando una oferta mucho mayor y precios más accesibles.


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Morales Antón también apuntó contra la elevada carga impositiva que soporta el sector. Indicó que alrededor del 30% del precio final de la carne corresponde a impuestos, entre IVA, Ingresos Brutos, tributos municipales y otros gravámenes, lo que termina impactando directamente en el bolsillo del consumidor.

"Cuando un sector entra en recesión, el Estado también tiene que hacer su parte. La baja de impuestos daría oxígeno para que no siga profundizándose la crisis", sostuvo. En ese sentido, reclamó medidas concretas del Gobierno nacional para aliviar la presión tributaria y favorecer la recuperación del consumo interno.


Frigoríficos con menor actividad y carnicerías que cierran

El presidente de CAMYA advirtió además que la crisis ya afecta de lleno a la industria frigorífica. Aseguró que numerosos establecimientos trabajan apenas algunos días por semana, comenzaron a suspender personal y enfrentan serios problemas en la cadena de pagos. La situación también alcanza al comercio minorista. "Carnicerías que cierran, matarifes trabajando con la faena reducida y consumidores que cada vez compran menos. Es un panorama realmente muy difícil", describió.


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Frente a quienes atribuyen el aumento del precio de la carne al crecimiento de las exportaciones, Morales Antón rechazó esa interpretación. Explicó que los mercados externo e interno trabajan con categorías diferentes de hacienda y que el novillo pesado destinado a exportación prácticamente no compite con el animal que consume el mercado argentino.

"La exportación utiliza animales de más de 500 kilos que el mercado interno nunca demandó. Son dos circuitos distintos", aclaró. No obstante, reconoció que el sector exportador también enfrenta dificultades derivadas del atraso cambiario y de los altos costos en dólares que reducen la competitividad argentina frente a países vecinos como Brasil, Uruguay y Paraguay.

Morales Antón remarcó que reconstruir el stock ganadero demandará mucho más tiempo que recuperar el poder adquisitivo de la población. Recordó además las consecuencias que dejaron decisiones políticas del pasado, como el cierre de exportaciones en 2006, que provocó una fuerte reducción del rodeo nacional y la desaparición de miles de productores.

Mientras tanto, el presente muestra un escenario donde el consumo interno continúa en retroceso y donde un alimento históricamente asociado a la mesa de los argentinos comienza a transformarse, para millones de familias, en un lujo cada vez más difícil de alcanzar.

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