Por Pedro Pesatti*
La memoria de las tragedias suele construirse desde sus epicentros: la plaza mayor, los edificios públicos o la crónica oficial. Asà ha ocurrido con la gran inundación de 1899, aquella crecida brutal del rÃo Negro que arrasó Viedma y marcó para siempre el recuerdo de sus habitantes. Sin embargo, existe otra narrativa, una menos contada, que quedó silenciada entre los sauces, las islas y las bardas. Se trata de la historia de quienes vivÃan en los márgenes: los quinteros e isleños que no estaban en la ciudad, sino en el rÃo.
Para ellos, los hechos se desarrollaron en la soledad del cauce desbordado, donde la vida se tejÃa con rituales que le daban fundamento a cada acción cotidiana. Familias enteras trabajaban la tierra en pequeñas chacras insulares, criaban animales y cultivaban la vid para elaborar vino y grapa. ConstituÃan, por regla general, una economÃa de autosubsistencia. De este modo, extraÃan del suelo fértil no solo el sustento, sino también una dignidad tan importante como el pan de cada dÃa.
Entre esos grupos familiares estaba el de mi bisabuelo, José Pesatti, asentado en la isla ChurlaquÃn, a unos veinte kilómetros rÃo arriba de Viedma. Junto a su esposa, mi bisabuela Luisa, y sus hijos —incluido mi abuelo, entonces un niño de siete años—, fueron testigos y vÃctimas de una catástrofe en la orfandad absoluta. Tan solo agua, viento, barro y una lluvia inclemente para acentuar el diluvio.
Cuando el rÃo comenzó a desbordarse, no hubo aviso oficial ni socorro del Estado; en consecuencia, para quienes vivÃan lejos del ejido urbano, no existió una evacuación organizada, porque sus realidades estaban en el lÃmite de aquel mundo de entonces. La única defensa de las islas era la sabidurÃa del trabajo y una intuición heredada. La crecida fue tan repentina como implacable: la corriente anegó los cultivos, destruyó hogares, derribó cercos y arrastró consigo animales y árboles centenarios.
La familia de mi bisabuelo lo perdió todo, pero logró sobrevivir a la desdicha. Lo consiguieron gracias a un gesto ancestral de previsión: refugiarse en las cuevas que José mismo habÃa excavado años antes en la barda norte, con la ayuda de Luisa, cuando ambos llegaron al rÃo Negro escapando de la fiebre amarilla que asolaba Buenos Aires. Concebidas como un amparo frente a lo imprevisible, cuando aún no tenÃan un techo seguro en la isla, esas cuevas no eran un capricho; por el contrario, eran cultura, memoria geológica y una estrategia de resistencia heredada de los antiguos maragatos.
No obstante, la historia no termina con la retirada de las aguas. Cuando el rÃo, saciado, volvió a su cauce, mi bisabuelo regresó a su isla. Lo que encontró fue el desconsuelo del vacÃo. Donde antes se erigÃa su casa, solo habÃa barro; donde florecÃa la vid, un paisaje deshecho. Incluso la noria que él mismo habÃa construido —aquel ingenio que movÃa las piezas de su aserradero, accionaba las prensas para el vino y extraÃa el agua para guiarla por los surcos— habÃa sido arrancada por la corriente. Todo el empeño de años, todo aquello que con trabajo y esperanza habÃan construido, yacÃa borrado por el agua.
A pesar de ello, eligió quedarse. Volvió a levantar su casa, a sembrar y a reconstruir su hogar, porque ese terruño insular seguÃa siendo su único lugar en el mundo.
Una vez más, tras meses de un esfuerzo infinito por reorganizar su pequeño universo, José volvió a fermentar el vino que salÃa por el puerto de Patagones y a producir la grapa artesanal que llevaba su impronta. Fue el fruto de una tenacidad que no se rindió ante la desgracia ni ante el olvido.
Precisamente, esa historia de reconstrucción, ausente en los libros y en los partes oficiales, es quizás una de las más valiosas: la del hombre común que vuelve a empezar desde las ruinas con lo único que le queda: su familia, sus oficios y sus manos.
En definitiva, contar la historia de los isleños, como la de mi bisabuelo José, es rescatar una dimensión omitida del pasado. Es romper el cerco del relato canónico para dar voz a quienes, sin escribir la historia, la padecieron y la forjaron con su propia piel. Se trata de un profundo acto de justicia, porque una crónica que silencia el sufrimiento de los márgenes y la fortaleza de quienes resistieron en el anonimato es, por definición, una historia incompleta.
Es, finalmente, honrar el milagro diario de todos aquellos que, en sus modestas quintas a la vera del rÃo o en las innumerables islas de su tramo final, entre San Javier y Viedma, nunca se dieron por vencidos en aquel lejano e ignoto invierno de 1899.
*Vicegobernador de RÃo Negro - Ex intendente de Viedma
12 mayo 2026
Opinion