Por Pedro Pesatti*
Ezequiel Ramos MejÃa fue un polÃtico anómalo en una Argentina diseñada para la comodidad de su élite. A contrapelo del modelo agroexportador, ese esquema que garantizaba la pereza de la oligarquÃa de la Pampa Húmeda, Ramos MejÃa se obsesionó con un proyecto nacional más ambicioso: el desarrollo industrial, el arraigo de la población y la integración de la Patagonia.
No era un romántico. ComprendÃa que el poder era la clave para concretar su visión. Por eso, desde su rol de Ministro de Agricultura de Roca y Figueroa Alcorta y de Ministro de Obras Públicas de Sáenz Peña, se dedicó a construir las herramientas del Estado: impulsó la Ley de Fomento de los Territorios Nacionales, creó los Ferrocarriles del Estado y promovió la Ley de Irrigación que, si bien nació en el Alto Valle, tenÃa un horizonte mucho más vasto. De hecho, su plan más audaz, la Ciudad Industrial del lago Nahuel Huapi, era un desafÃo directo al statu quo. Buscaba crear una nueva provincia productiva, con un centro industrial y una represa para generar la energÃa necesaria. QuerÃa, en esencia, torcer la historia de un paÃs que se conformaba con el modesto destino de productor de materias primas sin agregado de valor.
El gran aliado de Ramos MejÃa en esta cruzada fue un extranjero: Bailey Willis, un ingeniero y geólogo norteamericano que, en 1910, llegó al paÃs. Willis, un hombre de acción con una visión capitalista del progreso, entendió de inmediato las ideas del ministro. Para él, la Patagonia no era un páramo desolado, sino el Far West argentino, una tierra de oportunidades que, con la inversión correcta, podrÃa florecer.
El primer choque se dio en Valcheta. La misión de Willis, que buscaba fuentes de agua para la naciente lÃnea de tren San Antonio-Nahuel Huapi, se topó con el primer muro de la burocracia. Un muro levantado por los enemigos del proyecto, aquellos que veÃan en el desarrollo de la Patagonia un riesgo para sus intereses en la Pampa Húmeda. El episodio de los cinco centavos no fue una anécdota, sino una advertencia. La Comisión de Estudios Hidrológicos, tras gastar el 80% de su presupuesto, presentó una rendición de cuentas meticulosa para el reembolso. Sin embargo, el aparato burocrático, obediente a los intereses de la oligarquÃa, encontró una excusa perfecta: una de las facturas no cuadraba por cinco centavos. Willis, con el pragmatismo que lo caracterizaba, intentó saldar la deuda con una estampilla, e incluso con un cheque personal. Ambos fueron rechazados. Este conflicto, que demoró la expedición durante semanas, no era un simple error administrativo, sino un sabotaje deliberado, una forma de desgaste para frenar el proyecto y castigar a sus impulsores.
La señal definitiva de la resistencia llegó cuando el informe de Willis, ese trabajo que validaba la inversión, se esfumó en un sospechoso incendio en la casa de Julio Romero, el titular de la Dirección de Irrigación. Por suerte, el norteamericano habÃa guardado una copia. La lógica de la obstrucción era clara: si la Patagonia se desarrollaba, la Argentina dejaba de ser un monocultivo para pocos.
El proyecto de Willis y Ramos MejÃa era una guerra de dos visiones de paÃs. Willis, con el pragmatismo norteamericano, proponÃa construir puentes de madera, temporales, para que la lÃnea férrea, que unirÃa a la Argentina con el PacÃfico, empezara a generar riqueza con prontitud. Era una lógica de inversión que la élite local no podÃa o no querÃa entender. Su objetivo, poblar la Patagonia con tres millones de personas, era un sueño que iba a contramano de la visión rentÃstica que imperaba en Buenos Aires.
La batalla final llegó con la enfermedad de Roque Sáenz Peña y la asunción de Victorino de la Plaza. Ramos MejÃa, sin su protector polÃtico, se vio obligado a renunciar. El nuevo ministro, Manuel Moyano, un peón de los intereses británicos en el paÃs, se encargó de asestar el golpe de gracia. El informe de Willis, un tesoro de información técnica y una hoja de ruta para el desarrollo, fue censurado. Moyano impidió la publicación del segundo tomo, que detallaba el proyecto para el tren San Antonio-Valdivia, y condenó la visión de Ramos MejÃa al olvido. La Argentina, que en la Guerra de Secesión norteamericana podrÃa haber sido el equivalente del Norte industrialista, eligió ser el Sur esclavista. La oligarquÃa agroexportadora, en esa batalla por la Patagonia, se aseguró de que el paÃs siguiera siendo una granja sin taller. Ese es el modelo que hoy se vuelve a reivindicar en pleno auge del extractivismo sin un proyecto industrial que lo acompañe, condenándolo a la recurrencia de sus fracasos históricos.
*Vicegobernador de RÃo Negro
12 mayo 2026
Opinion