Por Soledad Bernardi (*)
Las evaluaciones educativas provinciales suelen cumplir un doble propósito: pueden ser herramientas de diagnóstico genuino para transformar la práctica pedagógica, o bien actúan como un espejo burocrático que se limita a certificar, año tras año, lo “bien que vamos”, lo “mejor que la media nacional” estamos, y lo que ya sabemos que funciona mal. Los recientes resultados de la cohorte del dispositivo Río Negro Explora exponen una radiografía preocupante que interpela directamente al Ministerio de Educación y Derechos Humanos de la provincia, obligándonos a mirar más allá de las estadísticas oficiales.
Si analizamos los datos publicados, mientras los tramos iniciales dejan ver avances parciales, el desempeño se desploma de manera alarmante en los grados superiores. En Lengua, aunque se rescatan porcentajes aceptables en la aproximación a la lectura en 5° grado, los propios docentes encuestados advierten sobre persistentes desafíos en la autonomía de la lectura y la escritura. Y el golpe más duro se observa en Matemática: en 5° grado, apenas un tercio de los estudiantes logra resolver cálculos combinados (38,21%) o analizar resultados e identificar errores (34,09%).
El problema de fondo no es que el sistema evalúe, sino qué se hace (o se deja de hacer) con esos datos. La gestión educativa provincial parece apostar por un enfoque en el cual cada escuela ajuste su Proyecto de Alfabetización Institucional (PAI) a partir de sus propios resultados, pero sin modificar el núcleo duro de las metodologías de enseñanza que se aplican en las aulas.
Aquí es donde el contraste con la evidencia científica y con experiencias exitosas a nivel nacional se vuelve insoslayable. Desde hace años, la reconocida investigadora del CONICET, la doctora Ana María Borzone, insiste en una verdad incómoda para las ortodoxias pedagógicas tradicionales (aquellas centradas en el constructivismo que sostienen que la lectura se aprende de forma "natural" por simple inmersión en un entorno alfabetizador): el cerebro humano no está diseñado biológicamente para leer como lo está para hablar. La neurociencia cognitiva ha demostrado que la decodificación no es un descubrimiento intuitivo ni espontáneo, sino un proceso que requiere una enseñanza explícita, sistemática y estructurada. Dejar que el estudiante "descubra" el código alfabético por sí solo ha generado un analfabetismo funcional masivo que golpea con mayor dureza a los sectores socio-vulnerables, quienes dependen exclusivamente de la escuela para acceder a este aprendizaje.
Frente a este paradigma agotado, la ciencia de la lectura y la metodología propuesta por la doctora Borzone postulan que la enseñanza de la lectura debe apoyarse en dos pilares: ayudar a los chicos a reconocer y jugar con los sonidos de las palabras desde pequeños, y enseñarles de forma clara y directa cómo cada sonido se corresponde con una letra.
Provincias pioneras como Mendoza entendieron este problema a tiempo: al dejar de lado las teorías abstractas y apostar por métodos claros de enseñanza de la lectura y evaluaciones constantes de cuánto leen los chicos, lograron frenar el fracaso escolar y mejorar notablemente la comprensión. En la vereda de enfrente, postergar la adopción de estas herramientas probadas en Río Negro solo perpetúa un círculo vicioso de rezago.
Desde el PRO venimos sosteniendo desde hace años que las autoridades educativas de la provincia "se saquen la venda de los ojos". Es hora de admitir que el sesgo ideológico y el apego dogmático a teorías pedagógicas que ya fracasaron no se condicen con el Río Negro que queremos construir: una provincia con rumbo, desarrollo y verdadero futuro. Cada escuela rionegrina se sostiene con el esfuerzo diario de los contribuyentes, y es inadmisible que el Estado devuelva ese esfuerzo con aulas donde los chicos no logran dominar las herramientas básicas del aprendizaje.
Este debate no es para nada abstracto ni puramente teórico, sino que condiciona directamente nuestro desarrollo regional. Río Negro atraviesa una oportunidad histórica de transformación de su matriz productiva, impulsada por la energía, la agroindustria, el turismo y la tecnología. Sin embargo, no tendremos crecimiento sostenible ni empleo de calidad para los rionegrinos si nuestros niños y jóvenes no egresan con la formación adecuada para responder a los desafíos de este nuevo siglo. La calidad educativa es el piso indispensable del desarrollo económico.
Ante esta situación, se imponen conclusiones contundentes que exigen una respuesta política y técnica inmediata.
Asegurar el aprendizaje en los primeros grados con métodos basados en evidencia: Las falencias graves detectadas en 5° grado demuestran que el rezago es acumulativo. Un niño con lectura deficiente satura su memoria de trabajo y queda inhabilitado para comprender problemas matemáticos o razonar lógicamente. Se requiere adoptar lineamientos de la ciencia de la alfabetización que no deben entenderse como una opción partidaria, sino como una necesidad para garantizar bases sólidas. L
os dispositivos provinciales son valiosos para radiografiar la realidad, pero medir el problema sin cambiar el método de enseñanza convierte a la evaluación en un mero trámite burocrático. Está claro que si queremos resultados diferentes no podemos seguir haciendo siempre lo mismo; persistir en la misma mirada pedagógico-ideológica que nos deja los mismos malos resultados. Se requiere una transformación estratégica y profunda y una capacitación docente continua enfocada en didácticas explícitas con materiales estructurados para las aulas.
Apostar por un cambio profundo en la alfabetización inicial (tal como lo demostraron provincias vecinas y pioneras) reestructurará las capacidades cognitivas generales de nuestros estudiantes, devolviéndole a la escuela pública su rol de motor de verdadera movilidad social y garantizando que el crecimiento de Río Negro sea aprovechado por las futuras generaciones.
(*) Docente - Miembro de la Asamblea PRO Río Negro - Promotora del cambio educativo.
20 octubre 2026
Opinion