Empleo: la cultura Uber

Opinión: Ignacio Somorrostro

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Por Ignacio Somorrostro (*)


Hace poco más de cincuenta años, una persona podía ingresar a una empresa a los veinte y jubilarse en el mismo lugar. El trabajo daba estabilidad, identidad y cierta tranquilidad sobre el futuro. Hoy, ese recorrido es cada vez menos frecuente. Muchos jóvenes de entre 18 y 30 años combinan empleos, changas y actividades independientes. Se conectan a Uber, reparten para PedidosYa o trabajan unas horas hasta conseguir el dinero que necesitan. Después se desconectan. Algunos lo eligen por libertad; otros, porque no encuentran algo mejor. A esta nueva forma de relacionarse con el trabajo la llamo la cultura Uber.

El cambio tiene ventajas, pero también costos. La flexibilidad permite estudiar, emprender y disponer de más tiempo propio. Sin embargo, cuando los ingresos son irregulares, también lo son los aportes jubilatorios y la cobertura social. Y acá aparece un problema que la política suele esquivar: ¿cómo sostenemos un sistema previsional pensado para trabajadores que aportaban durante décadas, si cada vez más personas alternan períodos de empleo formal con actividades independientes? Vivimos más años, y eso es una buena noticia. Pero si una persona trabaja treinta años y después cobra una jubilación durante otros treinta, las cuentas necesitan algo más que buenas intenciones.

A esto se suma una transformación que promete cambiar todavía más las reglas: la inteligencia artificial. En un artículo anterior escribí que, “si China es un tsunami, la inteligencia artificial es un meteorito”. Quizás todavía no veamos en Argentina toda su dimensión, pero ya está modificando tareas administrativas, análisis de datos, atención al cliente y muchas otras actividades. Algunos empleos desaparecerán, otros cambiarán y surgirán nuevas oportunidades. El problema es que no todos estarán preparados para aprovecharlas. Y esperar a que el cambio llegue para empezar a discutirlo sería una costumbre muy argentina, aunque bastante cara.

También cambió la idea de estabilidad laboral. En mi generación todavía era posible construir una carrera de muchos años en una misma empresa. En mi caso, trabajé ocho años en un banco y después cinco en otra entidad. Hoy, las trayectorias son más variadas y discontinuas. Pretender que todos vuelvan a trabajar como nuestros abuelos es desconocer la realidad. Pero tampoco podemos confundir libertad con precariedad: que alguien elija cuándo conectarse a una aplicación no significa que deba quedar desprotegido ante una enfermedad, un accidente o la vejez.

Mientras tanto, buena parte de la dirigencia sigue atrapada en discusiones del siglo pasado: izquierda o derecha, Estado o mercado, proteccionismo o libre mercado. La realidad no espera a que nos pongamos de acuerdo. Necesitamos revisar cómo financiamos las jubilaciones, cómo protegemos a quienes trabajan de manera independiente y cómo preparamos a los jóvenes para empleos que todavía ni siquiera existen. El empleo público puede cumplir funciones esenciales, pero no puede ser la respuesta automática a cada problema laboral. La salida requiere más productividad, educación de calidad, capacitación permanente y empresas capaces de generar trabajo genuino.

La cultura Uber y la inteligencia artificial no son fenómenos pasajeros. Van a modificar nuestra manera de trabajar, de producir y hasta de organizar el tiempo libre. Bien aprovechadas, pueden abrir oportunidades extraordinarias. Pero para eso necesitamos dirigentes que miren más allá de la próxima elección y se animen a discutir reformas antes de que la realidad las imponga. El futuro del trabajo ya empezó. La pregunta es si vamos a prepararnos para aprovecharlo o si, una vez más, llegaremos tarde y después buscaremos cómo pagar la cuenta.


(*) Licenciado - Ex Gerente de Empleo y Capacitación Laboral 

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