Edmundo "Mundy" Fuster (*)
1.
Resonancia social
Una especie de efervescencia
recorre distintos países casi simultáneamente. Los conflictos no tienen la
misma intensidad, no comenzaron al mismo tiempo ni responden exactamente a las
mismas reivindicaciones. Sin embargo, parecen tener un punto de convergencia.
En física, la resonancia se
produce cuando una fuerza externa coincide con la frecuencia natural de
vibración de una estructura y amplifica sus oscilaciones. En determinadas
circunstancias, puede provocar deformaciones e incluso el colapso. El puente de
Tacoma Narrows, en Estados Unidos, cuya destrucción ocurrió en 1940, es uno de
los ejemplos más conocidos.
Trasladada al terreno
social, la comparación invita a preguntarnos si distintos conflictos, aun
nacidos de causas particulares, pueden potenciarse cuando el malestar se
acumula y las respuestas de quienes gobiernan resultan insuficientes.
¿Estamos ante una resonancia social?
2. Casos
resonantes
ARGENTINA: universidades. Las
marchas federales universitarias expresaron el conflicto por el financiamiento
de las casas de estudio y los salarios docentes. Al reclamo se sumaron
jubilados, personas con discapacidad y otros sectores afectados por el costo de
vida, la crisis laboral y las políticas gubernamentales. La movilización dejó
de ser exclusivamente universitaria para convertirse en un escenario de
demandas más amplias.
ESPAÑA: vivienda. Las
protestas por los alquileres, los desalojos y la falta de viviendas accesibles
reflejan una contradicción difícil de ignorar: tener empleo no garantiza poder
acceder a un techo. Para muchos jóvenes, independizarse y construir un proyecto
de vida se ha convertido en una aspiración cada vez más difícil.
FRANCIA: escuelas. Los
reclamos por recortes, falta de personal y recursos educativos pusieron
nuevamente en discusión las condiciones de funcionamiento de la educación
pública. No se trata solamente de salarios, sino de las oportunidades que el
sistema puede ofrecer a las nuevas generaciones.
ITALIA: conflictos docentes. Las
huelgas y movilizaciones por salarios, condiciones laborales y reformas
educativas plantean una pregunta recurrente: ¿qué lugar ocupa la educación
pública entre las prioridades presupuestarias y políticas?
PORTUGAL: reconocimiento
profesional. Miles de docentes se movilizaron en Lisboa
para reclamar mejores condiciones de trabajo. La sobrecarga laboral, las
dificultades de carrera y jubilación y los obstáculos para atraer nuevos
profesionales ponen en riesgo la capacidad de sostener una educación de
calidad.
GRECIA: salarios y costo de
vida. Docentes y estudiantes reclamaron por los
recortes educativos, los bajos salarios, las condiciones edilicias y las
dificultades para afrontar la vivienda. La educación, los ingresos y el costo
de vida confluyen en una misma realidad cotidiana.
INDIA: acceso a la
educación. Las protestas por irregularidades en exámenes
de ingreso a la universidad y las carencias de escuelas públicas, falta de agua
potable, sanitarios adecuados, ventilación y docentes, muestran una realidad
muy diferente de la europea, pero atravesada también por la preocupación por
las oportunidades de las nuevas generaciones.
La lista podría continuar.
En un lapso de aproximadamente dos meses, la Unión Europea de Estudiantes
contabilizó 54 acciones de protesta estudiantil en 22 países.
Las causas particulares difieren, pero reaparecen algunas preocupaciones: financiación educativa, acceso a los estudios, condiciones de vida y expectativas de futuro.
3. Razones y carencias
¿Estamos ante una operación
política destinada a desestabilizar gobiernos o frente a una expresión genuina
de insatisfacción social?
La política puede aprovechar
el descontento, amplificarlo e intentar conducirlo hacia sus propios objetivos.
Pero una cosa es reconocer que existen intereses políticos alrededor de las
protestas y otra, muy diferente, sostener que esos intereses explican por sí
solos su origen.
Hay un dato que merece
atención: gobierne la izquierda o la derecha, la educación parece convertirse
con frecuencia en una variable de ajuste. Mientras tanto, las posibilidades de
realización personal de los jóvenes se estrechan y los adultos mayores corren
el riesgo de convertirse en piezas descartables de un sistema que parece
valorar otras prioridades.
Los reclamos pueden
agruparse en cuatro grandes ejes: educación insuficientemente financiada,
vivienda inaccesible, ingresos que no alcanzan y creciente distancia entre
gobiernos y ciudadanos.
Los problemas se relacionan.
Estudiar debería abrir oportunidades laborales; trabajar debería permitir
acceder a una vivienda; décadas de aportes deberían garantizar una jubilación
digna. Cuando esas expectativas se frustran, la distancia entre el discurso
oficial y la vida cotidiana alimenta el malestar.
Por eso cabe preguntarse:
¿el crecimiento económico que anuncian los gobiernos se traduce en mejoras
perceptibles para quienes trabajan, estudian o se jubilan?
Una cosa son los indicadores
macroeconómicos y otra es la experiencia de la población. Si los números
mejoran, pero la vida cotidiana no ofrece señales concretas de progreso, la
insatisfacción puede profundizarse.
Aquí aparece una imagen que
ayuda a interpretar el fenómeno.
En el ajedrez, los peones
salen primero. No son las piezas más poderosas, pero resultan indispensables
para el desarrollo de la partida.
En la vida social, ese lugar
suelen ocuparlo los jóvenes, particularmente los estudiantes. Es la etapa en la
que se estudia, se hacen sacrificios y se proyecta una profesión con la
expectativa de construir una vida mejor.
¿Qué ocurre cuando el
esfuerzo deja de ofrecer una expectativa razonable de progreso? ¿Qué sucede
cuando el futuro, en lugar de abrir posibilidades, se convierte en una fuente
de incertidumbre?
La educación es el punto de
encuentro entre el presente de docentes cuyos salarios pueden resultar
insuficientes, las expectativas de los estudiantes y el futuro que la sociedad
espera de sus nuevas generaciones. Lo preocupante es que ese punto de convergencia
termine siendo el vacío: la frustración de unos y la desesperanza de otros.
Los estudiantes pueden salir primeros al tablero, pero detrás de ellos pueden aparecer docentes, trabajadores, jubilados y otros sectores que encuentran en esas movilizaciones una oportunidad para hacer visibles sus propias dificultades.
4. ¿Orquitis social, mano negra o fin de ciclo?
Quienes tienen la
responsabilidad de orientar los destinos de sus países deberían preguntarse por
qué se multiplican los reclamos y por qué tantas personas sienten que sus
expectativas no encuentran respuesta.
A juzgar por el descontento
que se manifiesta en distintos lugares, la tarea no parece estar saliendo
demasiado bien.
Podríamos llamar orquitis
social a esa irritación colectiva que se acumula, se extiende y amenaza con
superar la capacidad de respuesta de quienes deberían atender sus causas. La
paciencia social no es infinita y nadie puede asegurar que el proceso de
maduración del descontento vaya a prolongarse indefinidamente sin
consecuencias.
¿Podría existir una mano
negra detrás de esta conflictividad? ¿Hay actores que financian, organizan o
potencian deliberadamente algunas protestas para obtener réditos políticos? Es
una hipótesis que exige investigación y pruebas. La coincidencia entre movilizaciones
no demuestra, por sí misma, que exista una coordinación.
También es posible que no
haga falta encontrar un director de orquesta para explicar tantos reclamos.
Cuando las dificultades se parecen, las frustraciones pueden parecerse también.
Y cuando las respuestas no llegan, el malestar puede extenderse sin necesidad
de que alguien lo haya diseñado.
Tal vez sea el propio
sistema el que está entrando en revisión. Las políticas sociales insuficientes,
los sistemas previsionales que condenan a muchos adultos mayores a vivir con
ingresos precarios, las denuncias de corrupción y las decisiones sobre el destino
de los recursos públicos alimentan una discusión sobre las prioridades de los
gobiernos.
A ello se suma la
incertidumbre sobre el impacto de la inteligencia artificial en el empleo y las
profesiones. Si el presente ya resulta difícil, el temor a un futuro laboral
incierto puede profundizar la frustración de las nuevas generaciones.
¿Orquitis social, mano negra
o fin de ciclo? Quizás haya elementos de distintas explicaciones, pero no
deberíamos confundir las sospechas con las certezas ni los síntomas con las
causas.
Lo que sí parece razonable
sostener es que, cuando los estudiantes salen a reclamar, conviene prestar
atención. No porque sean necesariamente los protagonistas de una conspiración
ni porque todas sus demandas sean idénticas, sino porque sus expectativas frustradas
pueden revelar problemas que afectan a una sociedad mucho más amplia.
En el ajedrez, los peones
salen primero. En la vida social, también puede ocurrir que quienes parecen
tener menos poder sean los primeros en advertir que algo no funciona.
La pregunta es si quienes
conducen la partida sabrán interpretar las señales a tiempo o si, cuando
decidan hacerlo, el tablero ya habrá cambiado.
(*) Consultor y Columnista de Opinión
DNI 12.088.056
24 octubre 2026
Opinion