Por Cristian Edward Rodicio (*)
El discurso del presidente Javier Milei en la apertura de las sesiones legislativas de 2026 dejó al descubierto algo más profundo que una simple diferencia ideológica o un conjunto de medidas económicas destructivas. Lo que se evidenció fue una desconexión alarmante entre el relato oficial y la experiencia cotidiana de millones de argentinos que enfrentan despidos, incertidumbre y la progresiva destrucción de derechos laborales y sociales que durante décadas constituyeron un piso mínimo de dignidad.
La ausencia de empatía no es un detalle menor en el ejercicio del poder. Gobernar no implica únicamente administrar variables macroeconómicas o defender un programa donde “viva la libertad”, sino comprender el impacto real de las decisiones en la vida de las personas. Sin embargo, el tono del presidente pareció prescindir completamente de esa dimensión. No hubo reconocimiento del dolor social, ni un gesto hacia quienes están pagando el costo más alto del ajuste.
Pero quizás lo más preocupante no fue el contenido del discurso, sino la forma. Milei se dirigió a la oposición con un nivel de confrontación que excede el debate democrático saludable y se acerca peligrosamente al terreno de la descalificación permanente. El presidente no es un comentarista, ni un panelista de Intratables, ni un actor marginal del sistema político, es el jefe de Estado. Sus palabras no solo expresan una posición personal, sino que modelan el clima institucional y establecen un estándar de convivencia.
Cuando quien ocupa la máxima magistratura utiliza un tono agresivo, despectivo o provocador, el mensaje que da es claro: el poder autoriza el maltrato. Se instala así una lógica en la que la fuerza simbólica del cargo se utiliza no para construir consensos ni para elevar el nivel del debate, sino para humillar, dividir y consolidar una narrativa de enemigos y aliados.
Este fenómeno tiene consecuencias que van más allá de la coyuntura política. La sociedad observa, aprende e internaliza estos comportamientos. Si el presidente confronta desde la descalificación, si ridiculiza al adversario, si convierte el disenso en una afrenta personal, entonces se legitima una cultura en la que el respeto deja de ser un valor y pasa a ser visto como una debilidad.
La Argentina necesita líderes que comprendan que el poder no es una herramienta para imponerse sobre los demás, sino una responsabilidad para gobernar seriamente. Que entiendan que la autoridad no se fortalece con el desprecio, sino con el respeto. Porque cuando el poder pierde la empatía, no solo se debilita la política, sino también la democracia misma.
(*) Pte. Mesa Viedma - Partido del Trabajo y la Equidad de Rio Negro - DNI. 34.958.877

28 febrero 2026
Opinion