Por Walter Ibañez (*)
Hay partidos que duran noventa minutos. Y hay partidos que atraviesan generaciones.
Si alguien todavía cree que Argentina e Inglaterra es apenas un partido de fútbol, debería detenerse un instante en la imagen de Miguel Galarza. Con más de noventa años a cuestas, no eligió una plaza ni una caravana para celebrar el triunfo argentino. Fue hasta el monumento que recuerda a su hijo, caído en la Guerra de Malvinas. Allí, frente a esa estatua donde el tiempo parece detenerse, festejó en silencio. No porque un gol pudiera aliviar el dolor de perder un hijo. Eso jamás sucederá. Lo hizo porque cada vez que la bandera argentina se levanta frente a Inglaterra, también se levanta la memoria de quienes entregaron su vida por la Patria. Hay escenas que explican un país entero. Esa es una de ellas.
Después viene el fútbol. Argentina e Inglaterra, cuando se enfrentan en una Copa del Mundo, no disputan simplemente un encuentro. Juegan dos selecciones, sí. Pero también se cruzan la memoria, la identidad, el orgullo, el dolor y la historia de un pueblo que jamás dejó de mirar hacia el Atlántico Sur.
Quien sostiene que se trata de "un partido más" no alcanza a comprender lo que ese cruce representa para millones de argentinos. No porque el fútbol pueda reemplazar a la historia ni porque un resultado deportivo sea capaz de reparar las heridas de una guerra. Todo lo contrario. El deporte es una de las expresiones más profundas de la identidad de los pueblos y, cuando Argentina enfrenta a Inglaterra en un Mundial, la memoria colectiva vuelve inevitablemente a las Islas Malvinas.
Así ocurrió en México 1986. Apenas cuatro años después de la guerra, Diego Armando Maradona escribió una de las páginas más inolvidables de la historia del fútbol. Primero llegó "La Mano de Dios". Después, el gol que muchos consideran el mejor de todos los tiempos. Aquella tarde trascendió el marcador. Fue el abrazo que un pueblo necesitaba en medio de una herida que sigue abierta. No fue una revancha de la guerra, porque la guerra jamás tiene revancha. Fue un símbolo. Y los símbolos, cuando nacen del corazón de un pueblo, permanecen para siempre.
Cuarenta años después, la historia volvió a regalar un guiño cargado de significado. Lionel Messi condujo a la Selección como capitán y participó con dos asistencias en los goles argentinos frente a Inglaterra. El resultado volvió a repetirse como en 1986. Cambiaron los protagonistas. Cambiaron las generaciones. Pero la emoción fue la misma. Porque hay partidos que el tiempo jamás consigue convertir en uno más.
Por eso, cuando los futbolistas argentinos levantan una bandera con la inscripción "Las Malvinas son Argentinas", no provocan a un rival. Expresan un sentimiento que atraviesa generaciones, gobiernos e ideologías. Rinden homenaje a nuestros veteranos y excombatientes de Malvinas, a quienes regresaron con heridas visibles e invisibles y a quienes quedaron para siempre unidos a esa historia. Porque el costo humano de la guerra no terminó cuando cesaron los disparos. Continuó durante años, en silencios, ausencias y dolores que todavía acompañan a muchas familias argentinas.
En ese contexto, las declaraciones del presidente Javier Milei, al sostener que se trataba de "un partido más" y cuestionar el gesto de los jugadores por exhibir esa bandera, generan un profundo desacuerdo. En una democracia todas las opiniones son válidas y el debate siempre es necesario. Pero también es legítimo señalar que existen causas que trascienden a los gobiernos. Las Malvinas no pertenecen a un presidente ni a un partido político. Pertenecen a la memoria de la Nación.
Y esa memoria tampoco conoce fronteras. Cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra, la camiseta de la Selección encuentra aliento mucho más allá de nuestro territorio. Bangladesh se tiñe de argentinidad. Y en distintas regiones de la India aparecen camisetas albicelestes y caravanas espontáneas. También desde Escocia, Irlanda y otros rincones del mundo llegan gestos de simpatía hacia una Selección cuya historia logró trascender el fútbol. Cada pueblo tendrá sus razones. Lo cierto es que Argentina consiguió transformarse en un símbolo capaz de emocionar a millones de personas.
Las Malvinas son una causa nacional. El fútbol es una pasión nacional. Y cuando ambos sentimientos se encuentran frente a Inglaterra no hablan solamente once jugadores. Habla la memoria de un pueblo.
Quizás algún día alguien intente explicar este sentimiento desde la política o desde la diplomacia. Pero jamás podrá hacerlo mejor que un veterano o un excombatiente de Malvinas cuando abraza una bandera Argentina, ni mejor que una madre que aún conserva la fotografía de su hijo, ni mejor que Miguel Galarza que eligió compartir la alegría de un triunfo de la Selección junto al monumento del hijo que dio la vida por la Patria.
Por eso no. No es un partido más. Nunca lo fue.
Porque mientras la pelota rueda, también ruedan los recuerdos de 1982. Porque cuando Argentina enfrenta a Inglaterra no juega el odio. Juegan la memoria, el respeto y el reconocimiento. Juegan nuestros veteranos y excombatientes de Malvinas. Juegan los nombres de quienes quedaron para siempre en las islas y de quienes regresaron llevando una guerra sobre sus hombros.
¡¡¡Y viste!!! Mientras en distintos rincones del planeta la camiseta Argentina vuelve a convertirse en un símbolo de esperanza y admiración, aquí, en esta tierra, millones de argentinos no ven solamente un partido de fútbol.
Ven pasar su propia historia.
Porque hay partidos que se juegan con una pelota. Y hay partidos que se juegan con la memoria de un pueblo. Argentina e Inglaterra pertenece a esos partidos. Por eso, quien todavía crea que fue apenas fútbol, o repudia un “trapo” que dice LAS MALVINAS SON ARGENTINAS... sencillamente, NO entendió nada.
(*) Periodista
20 julio 2026
Opinion