Por Edmundo "Mundy" Fuster (*)
¿Hacia donde va el sacrificio de los argentinos?
En esta columna, analizo la delicada cuerda floja en la que camina el país.
Entre la necesidad innegable de sanear la economía y la realidad de una clase media que ya no tiene red de contención.
¿Es el ajuste una solución o estamos dilapidando un esfuerzo emocional irreparable?
Pasen y lean: "Por este camino, vamos al precipicio".
Aventurar que el futuro
político, económico y social de la Argentina será espectacular, que se aproxima
una lluvia de dólares y que la prosperidad está a la vuelta de la esquina,
exige una dosis de optimismo cercana a la temeridad.
El presente muestra una
realidad bastante menos luminosa.
Jubilados, personas con
discapacidad, universidades, médicos residentes, empleados públicos,
integrantes de las fuerzas armadas y de seguridad: casi todos exhiben ingresos
deteriorados y motivos legítimos para reclamar.
El PAMI recorta
prestaciones. Aumentan el transporte y los servicios. Comerciantes venden
menos, cierran locales y ven desmoronarse años de esfuerzo. Protestan, se
angustian y tienen razones para hacerlo.
La inflación, aunque
desacelerada, no ha sido derrotada. Y muchos productos esenciales suben por
encima de los índices promedio que informa el INDEC. La sensación cotidiana no
siempre coincide con la estadística.
Algunos sectores —energía,
minería, campo— muestran despegue. Pero buena parte de la industria, el
comercio y la población perciben otra cosa: pérdida de poder adquisitivo y
creciente fragilidad.
Dicho sin vueltas: mucha
gente siente que está peor.
Y cuando esa percepción se
instala, importa poco cómo se expliquen los números.
La clase media profesional
también acusa el golpe. La propia Iglesia ha señalado que a sus comedores
concurren personas que jamás habían necesitado asistencia.
Todo esto convive con una
verdad también innegable: el país arrastraba desequilibrios profundos. Había
que corregir desajustes macroeconómicos, revisar subsidios inviables, reducir
un Estado sobredimensionado, combatir redes clientelares y ordenar cuentas
públicas devastadas.
Muchos argentinos comprenden
ese diagnóstico. Lo que no aceptan con la misma facilidad es pagar costos
enormes sin horizonte claro.
Muchos entienden, además,
que cuando no hay recursos sólo quedan caminos conocidos: endeudarse, aumentar
impuestos o emitir dinero sin respaldo. Y que ese mecanismo termina
trasladándose a precios, salarios atrasados y deterioro general.
Todo eso puede ser cierto.
Pero, como enseñó Alfredo
Casero con una metáfora que quedó en la memoria colectiva, la gente quiere
flan. Es decir: soluciones concretas, alivio real, una mejora perceptible en la
vida diaria.
Y hoy, para millones, ese
flan no aparece.
Allí comienza otra película:
la distancia entre la explicación técnica y la experiencia cotidiana. Entre la
macroeconomía ordenada y la heladera vacía. Entre el relato del esfuerzo
necesario y la paciencia social que se agota.
La corrupción de años
anteriores, el enriquecimiento ilícito, los privilegios obscenos y el deterioro
del Estado dejaron rutas rotas, hospitales insuficientes y escuelas en
condiciones indignas. Buena parte de la sociedad votó para terminar con eso.
Pero cuando un gobierno
llega prometiendo ejemplaridad absoluta y luego también empiezan a “pasar
cosas”, el desencanto se acelera.
No importa aquí si cada
denuncia terminará confirmada, relativizada o desmentida. En política, muchas
veces el daño ocurre antes del fallo.
El caso Adorni, más allá de
su desenlace, ya ingresó al terreno de la sospecha pública. Y alrededor
aparecen otros episodios: $Libra, fentanilo, Espert, oftalmólogos del PAMI,
ANDis, discapacitados truchos, tarjetas corporativas, sueldos del Senado, dudas
sobre sobresueldos en distintas áreas del Estado.
Mientras tanto, la inmensa
mayoría de los jubilados sobrevive con ingresos indignos.
La indignación social no
nace sólo de la pobreza. También nace de la comparación.
Si se le pide a la sociedad
un sacrificio gigantesco, la vara ética debe estar a la misma altura.
Una porción importante del
electorado acompañó al actual gobierno convencida de que terminaría con la
inflación y elevaría al máximo el estándar de decencia pública.
También creyó que la
motosierra apuntaría al privilegio, al ñoqui, al acomodo de último minuto y al
gasto inútil.
No imaginó que, en algunos
casos, la motosierra parecería transformarse en bisturí selectivo.
Porque la corrupción no se
mide sólo por montos. El curro grande y el curro chico pertenecen a la misma
familia moral.
Tampoco convenció la promesa
de que “el ajuste lo pagó la política”. Quizás en alguna medida haya ocurrido.
Pero la percepción dominante es otra: que la política, en sus múltiples formas,
sigue bastante viva y bastante cómoda.
Y en democracia, la
percepción pesa tanto como los balances.
Vamos bien, me gusta
Excelente. Y me alegra
especialmente que lo sientas así, porque vamos encontrando el tono justo:
serio, filoso y publicable.
El Gobierno, además, parece
haber descuidado algo esencial en todo proceso de ajuste profundo: una red
mínima de contención para quienes quedan al borde del sistema.
Porque no todos caen por
irresponsabilidad. Muchos caen porque la economía los empuja.
Y cuando el mensaje que
percibe la sociedad es “si te fundiste, arreglate solo”, el costo político
comienza a acumularse silenciosamente.
También convendría recordar
un dato central de origen: en la primera vuelta Javier Milei obtuvo cerca de
ocho millones de votos; en la segunda, superó ampliamente esa cifra gracias al
apoyo decisivo de sectores que no eran libertarios.
Muchos de esos votos
llegaron desde Juntos por el Cambio y, especialmente, desde el electorado que
había acompañado a Patricia Bullrich.
Esos ciudadanos votaron por
descarte, por rechazo al kirchnerismo o por esperanza de cambio, pero no
necesariamente modificaron de un día para otro su cultura política, sus valores
institucionales ni su tolerancia frente a determinadas conductas.
Por eso, cada episodio de
presunta corrupción y cada práctica agresiva hacia quien piensa distinto
erosiona más de lo que algunos imaginan.
No ayuda que se
descalifique, ridiculice o hostigue a cualquiera que exprese una opinión
crítica, sea una artista popular o el presidente de una empresa relevante.
La confrontación permanente
entusiasma a los propios, pero suele alejar a los moderados.
Y los moderados, en la
Argentina, muchas veces definen elecciones.
En ese contexto, Patricia
Bullrich conserva un valor político que excede cualquier cargo. Representa para
muchos votantes una idea de orden, firmeza y experiencia. Minimizar ese peso
sería un error.
Cabe preguntarse entonces
qué ocurriría si ese vínculo se resintiera, si el apoyo se debilitara o si
parte de quienes hoy acompañan decidieran tomar distancia.
La política argentina tiene
una larga tradición de saltos, reacomodamientos y lealtades efímeras. Lo que
hoy parece imposible, mañana puede convertirse en noticia.
Tampoco resulta absurdo
imaginar a Victoria Villarruel jugando en otro espacio, replegándose
estratégicamente o tomando distancia de un esquema en el que, justa o
injustamente, muchos la perciben relegada.
Nada de esto implica que
vaya a ocurrir. Pero ignorarlo sería una imprudencia.
Si el oficialismo no
contempla estos escenarios, hay un problema de análisis. Y si los contempla,
pero decide igualmente avanzar sin corregir rumbos, hay un problema todavía
mayor.
Porque en un país donde
millones soportan un ajuste severísimo, desperdiciar ese sacrificio sería mucho
más que un error económico.
Sería una herida emocional
colectiva.
Otra promesa rota. Otra
ilusión frustrada. Otra oportunidad perdida.
Y la Argentina ya acumula demasiadas.
(*) Analista, Consultor y Columnista de Opinión - DNI 12.088.056
17 mayo 2026
Opinion