Por Roberto David Mandado(*)
En “Arte
de injuriar”, el ensayo de Jorge Luis Borges, el escritor reflexionaba sobre
una de las prácticas más antiguas de la humanidad: el insulto. Pero Borges no
observaba la injuria como un simple acto de violencia verbal. Le interesaba
otra cosa. Analizaba cómo, en determinados momentos de la historia y la
literatura, el agravio podía convertirse en una construcción elaborada, cargada
de ironía, inteligencia, precisión y hasta elegancia. Incluso en la hostilidad
más feroz, Borges encontraba un ejercicio de elocuencia, una especie de duelo
intelectual donde las palabras importaban tanto como las ideas.
Pero
hay una distancia enorme entre aquella tradición literaria y la Argentina
contemporánea.
Porque
en tiempos de Javier Milei el insulto dejó de ser un exceso ocasional o un
recurso de confrontación política para convertirse en una práctica permanente
emanada desde la máxima investidura institucional del país. Y allí aparece uno
de los rasgos más inquietantes del presente: la degradación verbal ya no surge
desde los márgenes del debate público, sino desde el propio centro del poder.
La
figura presidencial no representa únicamente a una persona o a un partido;
representa al Estado argentino frente a la sociedad. Por eso, cuando el presidente
utiliza de manera sistemática expresiones degradantes contra periodistas,
opositores, artistas, mujeres, personas con discapacidad o cualquiera que
piense distinto, el insulto deja de pertenecer al terreno de la excentricidad
personal y comienza a adquirir dimensión institucional.
Sin
embargo, lo que distingue este escenario no es solamente la agresividad del
lenguaje, sino también su pobreza. Borges analizaba injurias construidas desde
la ironía, la creatividad y el dominio de las palabras. Milei, por el
contrario, parece haber reemplazado aquella inteligencia verbal por la
brutalidad inmediata, la vulgaridad repetitiva y la humillación permanente como
mecanismo de construcción política.
Ya no
existe allí el refinamiento cruel que Borges encontraba en ciertos escritores
polémicos. Lo que aparece es una catarata constante de agravios donde la
agresión vale más que el argumento y donde el adversario no es refutado, sino
degradado públicamente. No se discuten ideas; se construyen enemigos.
Las
redes sociales presidenciales muestran con claridad esa lógica. Diversos
relevamientos registraron cientos de publicaciones con agravios dirigidos a
periodistas, economistas, artistas y dirigentes opositores. Un monitoreo
impulsado por el Foro de Periodismo Argentino contabilizó que 1 de cada 6
posteos que realiza el presidente es un insulto. (mileiinsultaenx.fopea.org)
Investigaciones periodísticas también describieron el uso reiterado de
expresiones como “ratas”, “ensobrados” o “zurdos de mierda” como parte habitual
del discurso presidencial. (elpais.com)
Ese
clima de confrontación permanente no queda limitado al plano discursivo ni a
las redes sociales. La degradación verbal que emana desde la investidura
presidencial desciende hacia las demás instituciones, contamina el debate
público y termina reproduciéndose en distintos ámbitos de la sociedad. Cuando
el agravio se naturaliza desde la máxima autoridad del país, la violencia
discursiva comienza a expandirse como una forma legítima de relación política. Frente
a este clima social, distintas instituciones comenzaron a generar iniciativas
orientadas a contrarrestar esa lógica de odio y degradación permanente. Tanto
en la Legislatura de Río Negro como en el Concejo Deliberante de Viedma se
presentaron proyectos de resolución destinados a rechazar las expresiones de
odio y promover el respeto y la convivencia democrática dentro del debate
público.
Pero
la brutalidad de la injuria no aparece sola. Convive con una brutalidad
política y social concreta que vuelve todavía más grave el escenario nacional.
Mientras desde el poder se multiplican agravios y humillaciones públicas,
trabajadores y trabajadoras ven deteriorarse sus condiciones de vida, jubilados
y jubiladas pierden capacidad de subsistencia, personas con discapacidad
enfrentan incertidumbre y recortes, la educación pública y la salud atraviesan
procesos de desfinanciamiento, y amplios sectores de la sociedad vuelven a
cargar con el peso del ajuste.
Como
ocurre tantas veces en la historia argentina, el peso de la crisis vuelve a
recaer sobre los sectores históricamente más vulnerables.
Tal
vez Borges habría visto en este tiempo una paradoja amarga: nunca hubo tantos
insultos circulando y, al mismo tiempo, tan poca inteligencia en ellos. Porque
entre la injuria literaria y la brutalidad convertida en política de Estado
existe una diferencia decisiva. Una aspiraba al ingenio; la otra apenas utiliza
el desprecio como forma de poder.
Y cuando la violencia verbal se transforma en lenguaje institucional al mismo tiempo que la violencia económica recae sobre los sectores más vulnerables, lo que empieza a erosionarse no es solamente el debate público, sino la propia convivencia democrática.
(*)Prof. y Lic. en Ciencias Políticas - Sec. Legislativo del bloque Vamos con Todos en el Concejo Deliberante de Viedma
26 mayo 2026
Opinion