Por Edmundo "Mundy" Fuster (*)
La inflación baja. El riesgo país mejora. Las exportaciones crecen. Todo eso puede ser cierto.
Pero también puede ser cierto que millones de jubilados, trabajadores y familias sigan sintiendo que la recuperación nunca llega a su mesa.
La pregunta no es solamente si la macroeconomía mejora.
La pregunta: ¿Para quién mejora?
Comparto una reflexión sobre los límites de los indicadores económicos cuando la realidad cotidiana sigue planteando desafíos cada vez más difíciles.
Por un momento creí que, una vez cerrado el capítulo Adorni, sería difícil encontrar un tema que permitiera desarrollarlo. También imaginé que el Mundial de Clubes ocuparía el centro de la escena y dejaría a la política en segundo plano durante algunas semanas.
Me equivoqué en ambas cosas.
El fútbol nunca tapa completamente la realidad. A lo sumo la acompaña, la distrae o incluso la potencia.
En 2023, Sergio Massa representaba para buena parte de la sociedad la continuidad de un modelo que algunos reivindicaban como sinónimo de justicia social y otros identificaban con atraso, corrupción, privilegios y decadencia. Más allá de las diferencias ideológicas, una porción importante de los argentinos no quería volver a recorrer ese camino.
Por eso Javier Milei llegó a la Presidencia.
No fue una revolución cultural ni una conversión masiva al liberalismo. Fue, sobre todo, el resultado del cansancio acumulado de una sociedad que sentía que había llegado a un límite.
Muchas de las medidas adoptadas desde entonces fueron acompañadas incluso por personas que no compartían la totalidad de sus ideas. Después de años de deterioro económico, inflación descontrolada y una sensación creciente de falta de rumbo, tomarse unas vacaciones de la decadencia parecía una apuesta razonable.
Sin embargo, haber acompañado ese proceso no implica renunciar al derecho de señalar aquello que preocupa.
Preocupa la agresividad permanente hacia quienes piensan distinto. Preocupa la falta de definiciones claras en algunos casos sensibles. Preocupa que ciertas investigaciones avancen con una lentitud incompatible con la gravedad de las denuncias. Y preocupa que, en ocasiones, parezca existir más interés por controlar el relato que por despejar las dudas.
También preocupa la distancia creciente entre algunos indicadores económicos y la realidad cotidiana.
Sería absurdo negar que existen señales positivas. La inflación se ha reducido, el equilibrio fiscal dejó de ser una rareza, las exportaciones muestran dinamismo y sectores como la minería, el petróleo y el agro atraviesan un momento favorable.
Todo eso es cierto.
Pero también es cierto que millones de personas viven una realidad muy distinta.
Las tarifas continúan aumentando, los salarios siguen intentando recuperar terreno perdido y las jubilaciones permanecen muy lejos de garantizar una vida digna. En demasiados hogares, la economía doméstica sigue siendo una carrera de obstáculos donde cada mes resulta más difícil llegar a la meta.
La pregunta entonces no es si la macroeconomía mejora.
La pregunta es para quién mejora.
Porque una economía puede mostrar números alentadores mientras una parte importante de la sociedad siente que sigue quedando afuera de los beneficios prometidos.
Allí aparece el verdadero desafío.
Gobernar no consiste únicamente en ordenar balances, estabilizar variables o tranquilizar mercados. También implica construir una sociedad donde las personas perciban que el esfuerzo tiene sentido y que existe un lugar para ellas dentro del proyecto colectivo.
De poco servirá exhibir planillas impecables si detrás de los números se acumulan historias de frustración, incertidumbre o abandono.
Los países no están hechos de indicadores.
Están hechos de personas.
Personas de carne y hueso, con necesidades, proyectos, miedos y esperanzas. Personas que no pueden convertirse en una simple fila de Excel que se oculta, se recorta o se elimina sin consecuencias.
Habrá que pensar entonces qué país queremos construir.
Uno donde los éxitos macroeconómicos alcancen para todos o uno donde sólo beneficien a algunos.
Porque la historia argentina está llena de experiencias donde se salió de un problema para entrar en otro.
Y nadie quiere descubrir, demasiado tarde, que salió de Guatemala para terminar en Guatepeor.
(*) Consultor y Columnista de Opinión
DNI 12.088.05
21 junio 2026
Opinion