Tema Adorni: fin

Opinión: Edmundo Fuster

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Edmundo "Mundy" Fuster (*)


¿Sigue siendo noticia o ya se convirtió en  costumbre?  El caso Adorni parece haber llegado a ese punto extraño  donde las denuncias, las explicaciones y las  declaraciones ya no modifican demasiado las opiniones  previas.

Quizás el efecto político ya ocurrió.

Quizás ahora sólo estamos viendo los capítulos  repetidos.

Comparto una reflexión sobre la naturalización, la política  y la capacidad de asombro de una sociedad que parece  acostumbrarse a todo.


Posiblemente muy poca gente en este querido país llamado Argentina sepa quién es Carlos Joaquim dos Santos, arquero suplente de la selección de Cabo Verde.

Y mucho menos cómo se llama su vecino.

La explicación es sencilla: a nadie le interesa y, fundamentalmente, no le cambia la vida a nadie.

Algo parecido ocurre hoy con el tema Adorni.

Si sigue, si se va, si renuncia, si lo echan, si lo ayudan a tomar la decisión o si se aferra al cargo, para gran parte de la sociedad ya dejó de ser una novedad.

Llegamos al punto en que da casi lo mismo si dijo toda la verdad, una parte o ninguna.

La leche ya está derramada.

Las denuncias, las explicaciones, las declaraciones juradas, los viajes, los privilegios y las sospechas ya fueron consumidos por el debate público.

Consumidos con la misma velocidad con la que desaparecen los ahorros de quienes cobraron durante años una parte de su sueldo en negro y gastaron ese dinero en pequeños lujos que creían merecer: una semana en la costa, un regalo para el Día del Niño o una cena de aniversario.

Seamos realistas, como cuando éramos chicos:

Lo pasado, pisado.

No nos detengamos.

Avancemos.

Porque el verdadero efecto político del caso probablemente ya ocurrió.

La reciente y tristemente célebre declaración jurada golpeó la imagen del gobierno y terminó sumándose a una larga lista de episodios que para muchos alimentan la idea de una gestión atravesada por privilegios e inconsistencias.

La Justicia, mientras tanto, enfrenta una decisión incómoda: demostrar que todos son iguales ante la ley o confirmar que la vara cambia según quién esté parado debajo.

Separemos la paja del trigo.

Para quienes apoyan este modelo, aun reconociendo sus defectos y su evidente insensibilidad social, el episodio puede terminar siendo apenas una anécdota desagradable.

Para quienes llegaron espantados por la posibilidad de que regresara el populismo, pero hoy cuestionan la motosierra, los recortes, el crecimiento de la casta o el deterioro de áreas sensibles, el caso se parece más a una serie de Netflix con final abierto.

Y para quienes están en las antípodas ideológicas del gobierno, Adorni es simultáneamente alguien que debería irse y alguien que conviene que se quede.

Siempre es más fácil pegarle a un blanco visible.

Queda un último grupo: los que deciden su voto en el cuarto oscuro.

Para ellos esto puede ser una pavada más o la punta de un iceberg.

Y eso puede cambiar mañana.

O pasado mañana.

Por eso quizás llegó el momento de dejar que la Justicia haga su trabajo, que los dirigentes hagan política y que el periodismo siga investigando si tiene algo nuevo para contar.

Porque cuando una historia se estira demasiado, deja de ser noticia.

Y se convierte en costumbre.

Y pocas cosas son más peligrosas para una democracia que acostumbrarse.

Fin.


(*) Consultor y Columnista de Opinión

DNI 12.088.05

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