Por Pedro Pesatti*
Desde la Antigüedad hasta el presente, la historia humana está marcada por un pecado fundacional: el asesinato del hermano. Un fratricidio, una estructura fundacional, un molde sobre el cual se han edificado civilizaciones enteras. CaÃn y Abel, Rómulo y Remo, Etéocles y Polinices en la tragedia griega. El fratricidio es mucho más que una cuestión de sangre: es la lucha por la hegemonÃa, la voluntad de poder llevada hasta su paroxismo más extremo. En nuestro paÃs, esta fatalidad nos atraviesa. Es el eje sobre el cual gira nuestra identidad polÃtica. También nuestra identidad cultural: El matadero, de EcheverrÃa, es un texto fundante de la literatura argentina.
La construcción de la nación fue, desde sus inicios, una sucesión de guerras intestinas donde el adversario no era un enemigo externo, sino el propio compatriota. Mariano Moreno y Cornelio Saavedra, unitarios y federales, Rosas y los exiliados de Montevideo, Mitre y los caudillos del interior. El fusilamiento de Dorrego, la decapitación de Chacho Peñaloza, la muerte en el extranjero del Padre de la Patria. La independencia no nos liberó de nuestras pasiones más bajas para construir un Estado homogéneo, sino que abrió un campo de batalla donde las facciones buscaron aniquilarse unas a otras. No hubo pacto de convivencia, sino una sucesión de fusilamientos, destierros y masacres. La picana se inventó en Argentina, la Mazorca inspiró a los grupos de tarea y pilotos argentinos bombardearon al pueblo reunido en la plaza.
El siglo XX, con su promesa de modernidad, no fue más que la continuidad de este drama con otras herramientas. Cambiaron las armas, pero no la lógica. Los golpes de Estado fueron la versión burocrática del degüello y la inclemencia. La violencia polÃtica de los años 70 fue el regreso del fratricidio en su versión ideológica. El terrorismo de Estado y la represión clandestina no fueron más que el viejo reflejo de una nación incapaz de consolidar un sistema de convivencia estable. ¿Por qué la Argentina jamás dejó de matarse a sà misma?
Y si el siglo XXI parecÃa ofrecer un respiro, la realidad demuestra lo contrario. El fratricidio ya no es fÃsico, pero sà simbólico. Ya no se asesina al hermano con un arma, sino con la palabra. La aniquilación polÃtica ha reemplazado a la eliminación fÃsica, pero la lógica sigue intacta: destruir al otro, negarle su legitimidad, convertirlo en un enemigo hasta borrarlo del mapa. La grieta no es un fenómeno novedoso, es la actualización contemporánea de la misma tragedia, en contextos que no nos salvan de volver a matarnos, de repetir el fratricidio de CaÃn y Abel. Un joven fotógrafo, en este momento, nos golpea la espalda a todos para recordarnos que estamos ingresando a un desfiladero y que debemos dar la vuelta de inmediato.
La filosofÃa polÃtica enseña que las naciones sólo se consolidan cuando encuentran un equilibrio entre la diferencia y la unidad. El filósofo alemán Carl Schmitt sostenÃa que toda polÃtica se basa en la distinción entre amigo y enemigo. Pero la Argentina ha llevado esa distinción hasta su máxima perversión: no se trata de reconocer al otro como un adversario legÃtimo, sino de negarle toda posibilidad de existencia, al punto de que, a veces, parece que todo proyecto polÃtico se reduce a ese triste propósito de suprimir al otro como si fuera una rata.
Es el momento de enfrentar esta verdad incómoda. De reconocer que la Argentina no está en crisis porque carezca de recursos o talento, sino porque es incapaz de superar su pecado original. De comprender que el fratricidio no es un destino inevitable, sino una elección que repetimos una y otra vez porque asà lo decidimos. La gran pregunta es si tendremos la lucidez suficiente para dejar de matarnos —simbólica o materialmente— y construir, por primera vez en nuestra historia, un paÃs donde el hermano jamás sea un enemigo, sino un compañero de ruta para avanzar, juntos, en el camino.
*Vicegobernador de RÃo Negro
11 abril 2026
Opinion