Edmundo “Mundy” Fuster (*)
Soy un afortunado que goza
de diferentes libertades: circulatorias, de opción religiosa, deportivas,
políticas, de dudar y de sentir.
Mis sentimientos actuales no
llegan al miedo que inmoviliza, pero hay algo que me hace ruido y que no sabía
cómo definir. Entonces le pregunté a la inteligencia artificial y me respondió
con bastante exactitud: “ansiedad anticipatoria”, un temor intenso ante
una situación futura que todavía no ha ocurrido, pero que se imagina como
peligrosa, negativa o catastrófica.
Ahora que ya tiene nombre y
una explicación bastante más extensa que la que yo hubiera podido darle, es
hora de poner blanco sobre negro los motivos, tal como me recomendó mi
psiquiatra de cabecera. Y esto es lo que quiero compartir.
Tal como dijera el obispo
brasileño monseñor Hélder Câmara: “La violencia de arriba engendra la
violencia de abajo”. Más allá de la discusión sobre la autoría exacta
de la frase, no deja de ser una advertencia para tomar muy en cuenta.
Cuando desde la cima del
poder se agrede, se descalifica y se insulta al que piensa distinto, o se dicen
cosas inconvenientes, para algunos podrá resultar una caricia al corazón; a mí,
particularmente, me gustan menos que una milanesa de bofe.
La negación de la realidad
es otra forma de ejercer violencia. Si los indicadores oficiales muestran
dificultades sociales, si la situación laboral genera preocupación, o si
fábricas cierran o despiden gente, decir que todo va “pum para arriba”
puede convertirse, para quienes padecen esas situaciones, en una verdadera
provocación.
Cuando se atribuye parte de
la morosidad de las familias a los televisores comprados para ver el Mundial,
también estamos ante una explicación que merece ser discutida.
Para la piel sensible de
cada familia con dificultades económicas, semejante explicación puede sentirse
como violencia.
Cuando los conversos
participan en reportajes negando realidades que buena parte de la sociedad
percibe cotidianamente, resulta francamente violento y, en otros términos, son verdaderos
pianta votos.
Esto respecto del
oficialismo.
Pero la oposición, que a mi
juicio muchas veces resulta deletérea, oportunista y sin códigos, y que parece
aspirar principalmente a regresar al poder, tampoco queda al margen.
Cuando esa misma oposición
defiende situaciones y a personas que ya han sido juzgadas y condenadas, y
pretende confundir sentencia con proscripción, también hay una forma de
violencia política.
Cuando los juicios por
hechos de corrupción duran doce años y las condenas parecen llegar después de
interminables procesos, también aparece una violencia institucional que termina
alimentando el descreimiento.
Las actitudes patoteras,
insultantes, barriobajeras o cirqueras en las comisiones de la Cámara de
Diputados son, sin ninguna duda, violencia.
Entonces, si desde distintos estamentos del Estado se ejerce o se naturaliza la violencia, ¿Cuánto tardará en trasladarse a las calles?
Eso es realmente lo que me
genera ANSIEDAD ANTICIPATORIA.
Y no hablo de la violencia
de los motochorros, que deambulan por las calles sin demasiado temor. Me
refiero a la violencia política: a esa violencia que un día puede desatarse,
enceguecer a unos y otros y terminar llevando a la sociedad a un lugar del que
después resulte muy difícil regresar.
Muy pocos ignoran que en
2027 se jugará una batalla política de enorme importancia y que el Gobierno
buscará su reelección mientras sus adversarios intentarán impedirla.
Lo que me preocupa es otra
cosa: que algunos sectores puedan llegar a pensar que, para conseguir sus
objetivos, cualquier método es válido.
Experiencias previas ya
tenemos.
Ante este escenario, y como
para agregar más leña al fuego, el Presidente anunció que el Gobierno cuenta
con una “bazuca financiera” de US$75.000 millones para enfrentar
eventuales episodios de volatilidad durante el año electoral.
La metáfora de la bazuca me
parece demasiado violenta y poco feliz: una bazuca, por definición, es un arma
destinada a destruir. Podría haber hablado de reservas, herramientas
financieras o respaldo y se hubiera entendido exactamente igual.
A veces, por pretender
graficar tanto, se cometen errores.
Por eso se dice: no
aclares que oscurece.
Pasear por las redes
sociales es recorrer un campo sembrado de odio, violencia y negación del
pasado. Y al escuchar a algunos funcionarios actuales cabe preguntarse: ¿en qué
país vivieron o viven?
Opinar desde la Ciudad de
Buenos Aires con ecuanimidad es una tarea dificultosa, porque cada zona vive
realidades diferentes. Pero cuando se escuchan los comentarios que llegan desde
el interior del país, el clima de intolerancia y confrontación tampoco parece
demasiado diferente del porteño.
En aquellos lugares donde
hay petróleo, gas, minerales o un fuerte desarrollo agrícola-ganadero,
pareciera que algunos hablan desde Dinamarca o Noruega; mientras tanto, en
otros lugares del mismo país la realidad se parece bastante más a Afganistán.
Las diferencias, aunque
intenten disimularse, son grandes como una catedral.
Y aquí aparece mi pedido
especial.
Un deseo difícil de
concretar.
Una utopía.
Muchachos, córtenla con
tanto tironeo entre ustedes.
Los unos y los otros, muchas
veces, terminan cayendo parados. Mientras tanto, los que miramos desde afuera,
con la ñata contra el vidrio, somos millones de argentinos a quienes se nos va
la vida corriendo siempre de atrás.
Al menos nos merecemos vivir
un poco más tranquilos.
Sin insultos.
Sin amenazas.
Sin negar lo evidente.
Sin convertir cada
diferencia en una batalla.
Sin esa ansiedad
anticipatoria que ustedes, unos y otros, nos generan.
Porque una cosa es discutir.
Otra, muy distinta, es acostumbrarnos a vivir esperando que algún día todo termine de explotar.
(*)Consultor y Columnista de Opinión
DNI 12.088.056
1 octubre 2026
Opinion