Planificación y desarrollo

Opinión: Pedro Pesatti

Comentar

Por Pedro Pesatti (*)

Argentina atraviesa una encrucijada en la que la abundancia de sus recursos naturales contrasta, de manera casi trágica, con un tejido social expuesto al experimento libertario de la crueldad. Esta contradicción, desde luego, no responde a una fatalidad geográfica ni a una carencia estructural, sino a una serie de factores de orden político que, con Milei, se han profundizado: la ausencia simultánea de políticas de desarrollo y de un movimiento político capaz de encarnarlas con sentido nacional, federal y democrático, acorde con la agenda del siglo XXI.

Para comprender este estancamiento, es imperativo desarticular la confusión semántica que domina nuestro debate público: confundir el crecimiento económico con el desarrollo integral de una comunidad. El puro extractivismo es, por definición, una lógica de saqueo que agota el capital natural sin dejar raíces de progreso, y sirve como ejemplo para comprender el crecimiento económico como una magnitud netamente cuantitativa, una suma de transacciones que el mercado, por su naturaleza, es extremadamente eficiente en generar. Sin embargo, ese mismo mercado es, a la vez, estructuralmente incapaz de garantizar el desarrollo integral de una nación o de una provincia. El mercado no integra, no planifica y no tiene como objetivo la cohesión social; su motor es la rentabilidad inmediata, no el bienestar intergeneracional.

No hay dudas, al respecto, de que abandonar la planificación es, en los hechos, abandonar toda posibilidad real de desarrollo, porque el desarrollo no ocurre de manera espontánea ni por un efecto de derrame automático de la abundancia de riquezas; pertenece, por definición, al campo de las decisiones políticas y del pensamiento estratégico. En este punto, resulta revelador observar la conducta del mundo corporativo para entender la magnitud de lo que pretendemos demostrar. Ninguna de las grandes compañías que hoy dominan los mercados globales dejó su éxito librado a la improvisación o a la “mano invisible” del mercado. Por el contrario, las empresas exitosas planifican hasta el último detalle de su acción, porque comprenden que el éxito es consecuencia del análisis, el método y la planificación.

Lo paradójico es que muchas de estas mismas corporaciones, protegidas por sus posiciones dominantes, son las que promueven discursos públicos destinados a obturar la posibilidad de que el Estado asuma una centralidad en la planificación económica. Mientras hacia adentro de sus estructuras el orden, la inteligencia y la planificación son leyes sagradas, hacia afuera fomentan un laissez-faire que despoja a las sociedades de sus principales herramientas para construir una economía más justa. En resumen, un Estado sin planificación es un Estado que renuncia a su competencia más relevante en materia económica y entrega el destino de la comunidad al arbitrio de la coyuntura y de los más poderosos.

Desde esta conciencia, no hay dudas de que los argentinos disponemos de palancas extraordinarias para el progreso: la energía de Vaca Muerta, la minería, el complejo agroindustrial y un capital humano con capacidades comprobadas. Pero sin una planificación estratégica que articule esas fortalezas, el país queda atrapado en una dinámica estéril. La riqueza que yace bajo el suelo —hidrocarburos y minerales— solo se traducirá en desarrollo humano cuando exista un Estado y un gobierno capaces de orientar esa renta hacia la infraestructura, la educación y la innovación en ciencia y tecnología, claves en el siglo XXI para ser un país exitoso. De lo contrario, nos limitamos a ser espectadores de un crecimiento que beneficia a sectores exclusivos y minoritarios, mientras el resto de la sociedad acumula frustración y fracaso. La diferencia entre un enclave extractivo y una sociedad desarrollada es, precisamente, la planificación que asegura el usufructo de la riqueza común.

Esta carencia nacional, por otra parte, se replica con asombrosa fidelidad en la escala local. Promovimos la creación del Instituto Autárquico de Planificación para la Integración y el Desarrollo (IAPID) con la firme convicción de institucionalizar la filosofía política de Juntos Somos Río Negro. El IAPID fue concebido como el cerebro estratégico del Estado, encargado de transformar el crecimiento en desarrollo y en un beneficio compartido por toda la comunidad. Sin embargo, la ley de creación (5098) jamás se ejecutó, síntoma, a nuestro juicio, de una carencia de convicción mayoritaria para consolidar un proyecto de provincia.

Es evidente, retomando el hilo central de la argumentación, que todavía no se ha logrado interpretar que los procesos de integración son el verdadero motor del desarrollo, y que la planificación es la única llave capaz de convertir esos procesos de integración en el combustible de la acción planificada del gobierno y de la comunidad. En esa decisión de no constituir el IAPID, lamentablemente, se canceló la posibilidad de institucionalizar una política de Estado que fue respaldada por el voto unánime de la Legislatura.

Todo lo dicho hasta aquí es un ejemplo que muestra cómo Argentina, y las provincias, deben decidir, en resumen, si recorren el camino del desarrollo planificado o si consolidan un modelo de crecimiento sin proyecto que reproduzca desigualdad sin límite. Para romper ese ciclo, es imprescindible construir un gran frente democrático, federal, de centro, capaz de desplazar la política de la emocionalidad vacía y del marketing electoral que la arrinconó en el paroxismo de los extremos. El ejemplo de países como Noruega o Australia demuestra que el éxito se prepara, se proyecta y se planifica. Son referencias que deben inspirarnos a promover la organización de un gran movimiento que entienda que el Estado debe planificar con la misma rigurosidad que una gran corporación para transformar el potencial argentino en una realidad tangible. Porque el destino nacional no depende de lo que hay bajo el suelo, sino de nuestra capacidad de organizar esas riquezas para un desarrollo humano profundo, justo y duradero. Sin el coraje de transformar la planificación en la principal política económica, seguiremos siendo una nación con muchísimos recursos naturales, pero definitivamente condenada a la orfandad de un horizonte sin desarrollo.

(*) Vicegobernador de Río Negro

También te puede interesar...