Por Edmundo "Mundy" Fuster (*)
Hay momentos en que la política deja de discutirse con números y empieza a olerse en el ambiente.
Un rumor, una demora, una explicación que no llega, pequeñas señales que aisladas parecen menores pero juntas construyen otra cosa.
“Afeitados y sin visitas” intenta mirar justamente eso: la distancia cada vez más grande entre el relato, el humor social y la realidad cotidiana.
Sin gritos. Sin fanatismos. Con preocupación.
Una de estas noches soñé que un gerente general —cuando yo era apenas gerente de Construcciones— me pedía que consiguiera facturas, que ofreciera pagar IVA, Ingresos
Brutos
y alguna otra cuestión impositiva, y que negociara un porcentaje por cada comprobante.
Realmente
no necesité demasiadas explicaciones por dos razones:
a)
Las órdenes no se discuten: se cumplen o se renuncia.
b) Porque entendí rápidamente cuál era el meollo de la cuestión: había que blanquear.
Materiales
de construcción, mano de obra, fletes, traslados… eran servicios difíciles de
comprobar. ¿Quién podía asegurar bolsas de cemento de más o de menos, viajes a
la oficina o recorridas por otras obras? Todo se perdía dentro del total.
En
mi sueño creí descubrir cómo se pueden blanquear cantidades no exorbitantes en
la construcción sin que las detecte el radar y cómo, además, eso les conviene a
todos. Era casi tan fácil como patear un penal con un arco de quince metros de
ancho.
Ahora,
el caso de inventar ingresos todavía no lo soñé, pero algo me hace pensar que
no debe ser tan sencillo.
Seguramente
ese sueño estuvo vinculado, de algún modo, con que el presidente de la Bolsa de
Comercio de Buenos Aires, Adelmo Gabbi, le aconsejara públicamente a Manuel
Adorni que presentara su declaración jurada patrimonial “lo más rápido
posible”.
Un
poco más elíptico fue el FMI al reclamar prácticamente lo mismo mientras
otorgaba otro préstamo de mil palitos verdes, como diciendo: “Te los doy, pero
hay alguna cosita por corregir”.
Debo
reconocer que este tema me preocupa mucho. Y cuando una preocupación deja de ser
individual para transformarse en algo generalizado, ya no hablamos de un
problema particular sino de un problema serio.
Con
el mayor de los respetos y con la inocencia de Heidi, me pregunto: ¿puede ser
que algunos no se hayan enterado del daño que se le está causando al país y a
los casi cincuenta millones de personas que habitamos este suelo?
Si
la persona en cuestión tiene todo para demostrar, la demora resulta
injustificada. Y si la declaración jurada que va a presentar es inconsistente,
apenas estará prolongando la agonía. Porque, ¿alguien duda de que hasta el
punto final será revisada bajo el microscopio? Y para que los números cierren,
algo habrá que blanquear y a alguien habrá que mandar preso… aunque sea en
sentido figurado.
Cuando
el año pasado el país vivió un proceso de desestabilización, se habló del
“riesgo kuka”. Luego el oficialismo ganó y el riesgo kuka desapareció.
Supongamos que sea cierto.
Pero
entonces empiezan a aparecer problemas desde distintos ángulos que, aislados, quizás
resulten menores; aunque juntos… mamita. Y tal como enseñan las leyes de la Gestalt,
el todo es más que la suma de las partes. Entonces el “riesgo kuka”, al menos
para quienes tienen que poner la tarasca, vuelve a cobrar valor.
Entre
el mecanismo de vinculación con el mundo exterior —sobre el que periodistas, artistas,
economistas y cantantes pueden dar testimonios—, el nunca aclarado tema $Libra,
las compras y contrataciones de ANDIS, las tarjetas corporativas de
Nucleoeléctrica, los anteojos de PAMI y los gastos del jefe de Gabinete, las
encuestas muestran que la imagen presidencial viene barranca abajo.
Mientras tanto, Mauricio Macri deja por un rato el bridge y la FIFA; a Patricia Bullrich —la dirigente con mejor imagen— no la invitan al Tedeum ni la dejan entrar al Cabildo; y la diputada Marcela Pagano aparece a cada rato con una denuncia nueva.
Si
a eso se le suma que el último avioncito que se compró dicen que se pagó un
“poco” más caro y los conflictos con las universidades, todo apunta a que la
reelección —que hasta hace poco parecía casi segura— hoy sea bastante más
vidriosa.
Con
una situación que cualquier observador poco avispado puede advertir, no dudo de
que esto haga ruido entre los inversores, tanto de afuera como de adentro.
Porque, salvo el doctor Aníbal Fernández, casi cualquier interlocutor del
justicialismo plantea que, de regresar al poder, daría vuelta la tortilla.
Así
que los billetudos probablemente esperen antes de apostar a las elecciones del
próximo año. Y mientras tanto habrá que seguir caminando por el desierto y
rezar para que no se levante una tormenta de viento, porque ya sabemos cómo
molesta la arena en los ojos.
Según
la Universidad Di Tella, en mayo la imagen del Gobierno cayó por quinto mes consecutivo.
Y aunque todo lo anterior quizás sería tolerable si el poder adquisitivo
estuviera creciendo, si abrieran nuevos locales comerciales y aumentara el
consumo, la realidad parece ir por otro camino.
Si
los jubilados tuvieran buenos ingresos, los discapacitados no atravesaran las
angustias actuales, el campo estuviera libre de retenciones y los empleados
públicos conservaran estabilidad laboral y mejora salarial, entonces todos esos
problemitas pasarían inadvertidos.
Pero
nada de eso ocurre.
Muchos
queríamos que terminara la inflación, que el ajuste lo pagara la casta y que se
acabaran los negociados con los planes sociales. Todo ya y al mismo tiempo.
Pero tela y sopa no entran en la boca. Esto es Argentina, no Disney. Y si
además desde el poder se emiten descalificaciones y violencia verbal, el combo
queda completo.
Frustración,
angustia, acompañamiento forzado a un beneficio que no termina de aparecer… y
de ahí a la decepción, la bronca y a buscar otro perro que te ladre hay apenas un
paso. Eso ya se huele en el ambiente. El caso Adorni es apenas la frutilla del
postre.
Porque
ya dejó de ser solamente lo que es para transformarse en lo que el imaginario popular
cree que es. Y contra eso resulta muy difícil luchar. De hecho, el tema de las
SIRA parece mucho más grave y, sin embargo, no tiene relevancia social.
Visto
desapasionadamente desde afuera, el panorama parece claro y sencillo. Y cuesta entender
cómo se hace todo exactamente para profundizar el problema.
Qué
tristeza. Otra vez parece que vamos a quedar afeitados y sin visitas.
(*) Consultor y Columnista de Opinión
DNI 12.088.056
28 mayo 2026
Opinion