Por Pedro Pesatti*
Hablar del Estado en Argentina es pararse en medio de un tiroteo. Dos bandos: los que lo ven como un peso muerto que aplasta al mercado y los que lo idealizan como el salvador que equilibra las desigualdades. Ambos extremos, previsibles, obvios, no ven lo evidente: el Estado no es ni un dinosaurio lento ni un superhéroe con capa, sino una herramienta, un instrumento que, usado con inteligencia, puede cambiar el juego.
RÃo Negro tiene dos ejemplos que desarman frases hechas. INVAP, en Bariloche, y Profarse, en Viedma, prueban que el federalismo no es un sueño perdido. INVAP, con sus satélites, radares y reactores nucleares, muestra que desde
una supuesta periferia se puede producir excelencia. Profarse, en cambio, hace algo distinto pero igual de radical: fabrica medicamentos esenciales a precios razonables, interactuando en un mercado poderosÃsimo como el de la industria farmacéutica.
INVAP es más que una empresa: es un acto de sencilla rebeldÃa. En los setenta, unos cientÃficos decidieron que Bariloche podÃa convertirse en un polo tecnológico. El contexto: la llegada de Perón a la presidencia por tercera vez luego de poner en marcha el proyecto atómico veinte años antes. La empresa, como Profarse, Ãntegramente propiedad del estado de la provincia de RÃo Negro, hoy no sólo exporta tecnologÃa de punta, exporta algo más raro: la idea de que en el interior se puede construir la empresa de tecnologÃa aplicada más grande de Sudamérica. A orillas del Nahuel Huapi, INVAP no pide permiso. Demuestra que el federalismo, bien pensado, no compite con la excelencia, sino que la potencia.
Profarse, por su lado, no construye satélites, pero hace
algo igual de disruptivo: enfrenta las reglas de un mercado que parece diseñado
para el reinado de cuatro o cinco grandes laboratorios. Desde Viedma, produce
medicamentos y desafÃa los esquema salvajes de los oligopolios farmacéuticos.
No es magia: es la polÃtica de un Estado que entiende su papel como agente, no
como espectador.
Ambos casos son una respuesta a los prejuicios del centralismo. Refutan la idea de que lo estatal es ineficiente, que las provincias son incapaces de liderar sectores estratégicos o que las decisiones deben tomarse siempre en Buenos Aires.
INVAP y Profarse muestran que descentralizar no es un capricho, sino una estrategia de desarrollo que puede cambiar la lógica de un paÃs que sigue siendo, en gran parte, un apéndice suburbano de la Capital Federal.
Pero hay un problema: lo que hacen que estas experiencias
sean admirables es también lo que las hace vulnerables. En un paÃs que piensa
en el corto plazo y maltrata las polÃticas públicas de largo alcance, INVAP y
Profarse corren el riesgo de quedar como rarezas, excepciones que confirman la
regla.
El desafÃo del federalismo argentino es inmenso. No se trata
sólo de repartir fondos, se trata, sobre todo, de distribuir poder, capacidades
y decisiones. El paÃs no puede seguir siendo un satélite de Buenos Aires, ni
las provincias deben conformarse con recibir polÃticas diseñadas a kilómetros
de sus realidades. INVAP y Profarse nos enseñan que la periferia puede innovar,
que puede ser el motor. Y que el Estado, cuando funciona, acelera en vez de
frenar.
El problema es que estos casos no deberÃan ser la excepción.
En un paÃs verdaderamente federal, INVAP y Profarse no serÃan anomalÃas, sino
la norma. Mientras eso no pase, seguirán siendo apenas unas luces irrelevantes
en una sociedad que, al menos por ahora, continúa encadenada en el paroxismo de
la polarización. La pregunta, entonces, no es si el federalismo es viable. La
interpelación lógica es si estamos dispuestos a aprender de estos ejemplos para
construir un modelo que no dependa de un centro hegemónico, sino de la
capacidad de un paÃs entero para ser y estar mejor.
12 julio 2026
Opinion