Por Edmundo "Mundi" Fuster (*)
En Argentina, la agenda se ha vuelto un Pac-Man voraz.
Mientras nos distraen con la foto de turno, debajo de una losa de H°A° de máxima resistencia se oculta una realidad que asusta: desde el manoteo al Fondo de Garantía de Sustentabilidad hasta un Ministro de Salud que parece ver a nuestros octogenarios como un error de cálculo en su planilla de Excel.
Como alguien que conoce de estructuras, les digo: ninguna aislación es perfecta. El desprecio por el millón de afiliados al PAMI que mencionó el Ministro Lugones no es solo una "desafortunada expresión", es el síntoma de un genocidio administrativo que no podemos ignorar.
Desde que una cámara indiscreta capturó aquel
momento de Manuel Adorni y su esposa en Estados Unidos, el ecosistema
comunicacional argentino ha entrado en un bucle extraño. Lo que comenzó como un
"accidente" fotográfico se ha transformado en un agujero negro que
absorbe cualquier otra noticia, sin importar su peso específico o su urgencia
social.
La dictadura de lo efímero: Vivimos en
la era de la noticia de los cinco minutos. Hoy, un indicador económico
alarmante, un conflicto internacional de alta intensidad o una reforma
legislativa de fondo tienen la vida útil de un suspiro. Antes que el ciudadano
promedio pueda procesar el impacto de una medida, el "caso Adorni"
reaparece en el menú mediático para resetear la atención.
Un gobierno atrapado en el flash: Resulta
paradójico que un gobierno que domina las narrativas digitales con destreza se
encuentre ahora enredado en una imagen. No han logrado sacar el tema de la
mesa; por el contrario, cada intento de explicación o cada silencio parece
alimentar a ese Pac-Man que avanza por la pantalla política comiéndose los
"puntos" de la gestión real.
El peligro de la distracción: El problema
no es solo la foto en sí, sino lo que queda fuera del cuadro. Mientras la
opinión pública persigue el fantasma de aquel viaje, los temas de fondo se
vuelven invisibles. Argentina parece haber caído en una trampa donde el morbo o
la contradicción estética del funcionario tienen más rating que el destino del
país.
Si cualquier noticia, por dura que sea, dura
menos que un posteo en redes sociales, estamos ante una democracia de baja
intensidad informativa. El gobierno necesita recuperar el control del relato,
porque mientras el Pac-Man siga suelto, la gestión seguirá siendo el decorado
de una trama secundaria que se volvió protagonista.
Bajo una tapa de hormigón
armado de la mayor resistencia posible, que genera una aislación perfecta
entre el interior de la gestión y la realidad exterior, han quedado sepultados
temas que en cualquier país normal abrirían los informativos durante semanas:
En el plano internacional: El mundo
mira la escalada de la guerra con Irán y el avance histórico del Artemis
II, pero aquí la brújula se quedó trabada en una foto familiar en EE.UU, un
pequeño avión privado en San Fernado y en departamento en Caballito.
En la economía real: Un IPC
del 3,4% que, aunque celebrado por algunos, viene escoltado por un nuevo aumento
de la carne, de los combustibles por el cierre del Estrecho de Ormuz y el
aumento habitual de los servicios y el transporte. La macroeconomía respira,
pero el bolsillo se asfixia en silencio, pero la Escribana que conoce al Jefe
de Gabinete desde hace más de 15 años, dice que sólo en estos dos últimos años
“Manu” hizo algo porque se le dieron todas juntas. Con amigos así no se
necesitan enemigos.
El colapso de las obras sociales y prepagas: Un sistema
al borde del abismo con médicos de cabecera en paro y clínicas que ya no pueden
sostener sus costos, pero cuya crisis queda reducida a un zócalo televisivo que
desaparece rápido.
La caída de la imagen presidencial: Los sondeos
que muestran un retroceso al 35% de imagen positiva y el aumento de la negativa
al 55%. Datos que antes habrían generado un análisis profundo y hoy son apenas
un suspiro entre escándalo y escándalo.
La embestida contra el periodismo: Las
acusaciones generalizadas de corrupción al 95% de los profesionales de prensa,
un ataque a la libertad de expresión que duró lo que dura un tuit.
El conflicto diplomático y comercial: Los ruidos
en la integración gasífera con la región y los reclamos de sectores
industriales ante la recesión, temas que mueren antes de llegar al editorial de
la mañana.
En la soberanía y los recursos: La
resolución del conflicto de YPF, una hipoteca de futuro que quedó
sepultada por el ruido de las redes, el éxito de las gestiones con el FMI y
hasta el respaldo del Banco Mundial tuvieron la misma trascendencia que la
reproducción de la araña pollito en el norte de África.
En el barro judicial y deportivo: El reinicio
del juicio a Maradona, el estancamiento del AFA Gate y la noticia
bomba de la prohibición de salir del país a Tapia y Toviggino y el hacer
viajar a nuestras estrellas “europeas” para jugar con Mauritania y Zambia,
tampoco tuvo la repercusión que merecía. El fútbol, nuestra religión laica,
también fue devorado por el Pac-Man.
Todo este despliegue de
sucesos críticos choca contra la pasividad de un gobierno que supone que el
escándalo es autoextinguible. Pero mientras esperan que el fuego se apague
solo, permiten que surjan monstruosidades dialécticas.
Así llegamos a las
declaraciones del Ministro de Salud, Mario Lugones, quien señaló con
frialdad administrativa que el problema del PAMI es que tiene un millón
de afiliados de más de 80 años.
Esta desafortunada expresión
es de tal calibre que roza lo eugenésico, en la España que me regaló
mi década ganada le hubieran dicho: Hommmbre, te habeis pasado tres pueblos;
tratar la longevidad de quienes aportaron toda su vida como una falla sistémica
es de una crueldad técnica escalofriante.
De este modo llegamos al subsuelo de la ética.
Otra vez la Biblia junto al calefón.
Quizás el problema no sea que la gente cumpla
años, algo inexorable para todos los seres vivos, y que la ciencia lo estimula
con mejores medicamentos y cada vez más
y mejores especialistas, sino que fruto de la incapacidad de sucesivos
gobiernos que fueron incapaces de controlar que se hicieran los aportes que
correspondían hoy el sistema se halla desfinanciado y lo estará peor en el
futuro cuando con parte del dinero que va al Fondo de garantía de
sustentabilidad, irá a financiar indemnizaciones.
Su inocente comentario quizás esté abriendo las
puertas al inicio de debate en el seno de la sociedad. ¿Qué sigue? ¿La eutanasia
administrativa? ¿Un certificado de defunción sugerido al cumplir los 70
para no "arruinar" las cuentas del Estado?
Es una barbaridad de tal calibre que sólo puede pasar desapercibido
en un país distraído por lo anecdótico y pensar en
un abrir y cerrar de ojos él mismo llegará a las 8 décadas, pero si es pa
meá y no echá gota.
"A este
paso, no vamos a necesitar un sistema de salud, vamos a necesitar un sistema de
descarte. Cuidado, que después de los 80, vienen por los de 70".
Sin embargo, el gobierno
debería prestar mucha atención a su ingeniería comunicacional.
Esa losa de hormigón puede
parecer indestructible, pero quizás sea el millón de octogenarios que
menciona el ministro el que genere los gases que terminen volando la estructura
por los aires.
Realmente tanto esfuerzo
(obligado) para volver al punto de partida sería algo así como un crimen de
lesa humanidad, un genocidio imperdonable.
15 abril 2026
Opinion