Miguel Fernández se llama este émulo de Tarzán que está en lucha por su supervivencia y cuyo ingenio, determinación y desbordante buen humor no dejan de sorprender. A los 67 años, no piensa echar marcha atrás en defensa de sus derechos y no se amilana ante las intimidaciones que afirma haber sufrido últimamente.
Fue en 2004 cuando se trasladó al terreno, de 60 por 40 metros, en donde se encuentra el árbol de su hogar. Antes vivía en un sector de la Isla Jordán, que dejó a instancias de los dueños del predio que hoy habita. El objetivo de la mudanza era cuidar su nuevo lugar, enclavado en las inmediaciones del Distrito Vecinal Noreste, cerca de la Escuela 109. Miguel cumplió con su tarea pero no ha cobrado un peso hasta hoy.
Por eso, se alarmó cuando el lunes pasado recibió un requerimiento del juzgado a cargo de Alejandro Cabral y Vedia para que desaloje la parcela. Obviamente, no está dispuesto a hacerlo si no le pagan lo que, según él, le corresponde por su trabajo. Una cifra millonaria en pesos por el largo tiempo transcurrido. Para complicar las cosas, recientemente fue objeto de dos hechos de amenaza que ayer decidió hacer públicos.
Además, ratificó que no se irá y que seguirá viviendo en la casa que construyó entre las ramas de un grande y frondoso sauce, a la cual se accede por una firme escalera de madera. Allí tiene su cama y un mínimo espacio para estar cuando el frío aprieta y la lluvia o el viento descargan su poder.
Se ha convertido en el habitante de un árbol pero no se anda con chiquitas y ya está empezando a construir una estructura de madera para conectar, como una pasarela, otros dos árboles próximos y hacer un salón aéreo de mayor porte.
Es lo mínimo que aceptaría el habitante del árbol por dejar el predio que cuida hace más de 12 años. Allí hizo su vida, dedicándose a todo tipo de labores para sobrevivir, como arreglar heladeras y otros artefactos, además de juntar y vender cobre y aluminio.
"Ya estoy como Tarzán, pero lo único que me falta es una Jane", sostuvo, sonriente y con picardía, Miguel Fernández, el cipoleño que decidió hacer su casa en un árbol. De todos modos, afirma que compañía no le falta y que la habitación en las alturas es el mejor lugar en el mundo para vivir.
Antes ocupaba una derruida casa de más de 60 años de antigüedad, cuyas paredes se fueron derrumbando, tornando muy peligroso estar en ella. Debido a ello, no le quedó más remedio que buscar un nuevo hábitat, y le pareció que lo más conveniente era construirlo entre la fronda de un sauce llorón.
Allí, lejos de la humedad y el barro, pasa las noches y parte de sus días. Sin embargo, sigue teniendo en tierra sus especiales hornos y precarias cocinas con los que se calienta y prepara alimentos. Persona inventiva, ha ideado también un sistema de iluminación y alarma con partes de distintos electrodomésticos.
En tierra están también sus compañeros fieles, casi una decena de perros de todos los tamaños, un par de ellos bastante grandes y fieros. Uno, el Turco, no deja de impresionar.
Con ellos tiene, además de compañía, seguridad. Días atrás, un motociclista vino a amenazarlo para que se vaya, pero no se acercó mucho. Tampoco lo hicieron otros que vinieron en una 4x4. No se bajaron. Los canes habrían dado buena cuenta de ellos.
FUENTE: La Mañana de Cipolletti

22 octubre 2019
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